Historia vs. Ficción – ‘La reina Victoria’

Mini-Especial Historia vs Ficción La reina Victoria - Miguel García Boyano

Avanzamos algunos siglos en este “Especial” y nos engalanamos para conocer a una de las monarcas inglesas que más ha trascendido a la Historia. Con 63 años y 7 meses, su reinado es de momento el más largo nunca alcanzado al frente del trono británico –apenas un par de meses le separan a Isabel II, la actual reina, de superar esta marca–. Hablamos, como no podía ser de otra manera, de la reina Victoria y lo haremos a través de la recomendable cinta de Jean-Marc Vallée “The Young Victoria” (2009), merecedora del “Óscar a Mejor vestuario” y de algunas otras nominaciones de la Academia, emulando así los logros alcanzados por “Ana de los mil días”.

La obra ante la que nos encontramos constituye una excelente reconstrucción histórica de los hechos que rodearon la juventud de la reina Victoria, por lo que en mi narrativa sólo explicitaré la distinción entre Ficción e Historia allá donde ésta exista. Tómese un respiro, escuche tranquilamente la primera canción que le propongo (“Victoria”, The Kinks); ambiéntese con ella en el sentir del día a día de la Época Victoriana y prepárese para conocer la historia de la joven Victoria.

En 1811, el rey Jorge III, abuelo de Victoria, dejó subir al trono como regente a su hijo Jorge IV; para más explicaciones, les remito al visionado de “La locura del rey Jorge” (Nicholas Hytner, 1994). Nueve años más tarde, en 1820, Jorge III murió y Jorge IV se erigiría en rey de Inglaterra. Su única hija, la princesa Carlota Augusta de Gales, había muerto a los 21 años (en 1817); además, el segundo hijo de Jorge III, Federico de York, había muerto sin descendencia en 1827. Todo ello supuso que el siguiente en la línea sucesoria fuese Guillermo IV (Jim Broadbent en la película), que tampoco tenía descendientes vivos. Eso implicaba que Victoria (Emily Blunt), hija del fallecido príncipe Eduardo, el cuarto hijo varón de Jorge III, sería su sucesora.

Victoria había nacido en 1819, apenas un año más tarde del matrimonio entre Eduardo de Kent y la viuda Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld (Miranda Richardson), natural de Alemania –de ahí el mein liebling que le dedica a su hija–. Un año después, en 1820, Eduardo de Kent moría, enviudando de nuevo la ya entonces Duquesa de Kent. Victoria pasó una juventud bastante triste, lejos de la corte, recluida en el palacio de Kensington. Allí, bajo el denominado “Sistema Kensington” –bajada de escaleras de la mano incluida–, su madre y John Conroy (Mark Strong), su comptroller y puede que incluso amante –aunque no se aborde tal asunto en el filme–, trataban de ejercer un control absoluto sobre cada uno de los pasos de la joven. Las altas ambiciones de Conroy, que deseaba que la Duquesa llegara a ser regente del trono de su hija, eran la razón de ser del “Sistema”. Esta severidad de trato llevaría más tarde a Victoria, una vez coronada Reina, a prohibir la entrada de Conroy a sus aposentos, si bien éste permanecería en el Palacio de Buckingham –recién estrenado como residencia real– gracias a la Duquesa, a quien Victoria no podía expulsar por estar soltera.

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Corrían los años y Victoria se acercaba a la mayoría de edad, peligrando los deseos de sus tutores. En 1835 –la película, sin embargo, data el hecho en 1836–, Conroy aprovechó un grave episodio febril de Victoria para obligarle a que le nombrara su secretario privado; ella se negó. El rey Guillermo IV miraba con malos ojos la posibilidad de una regencia y, durante la celebración de su cumpleaños en el Castillo de Windsor, en agosto de 1836, expresó un profundo malestar contra la figura de la Duquesa y su deseo de vivir lo suficiente como para asistir al decimoctavo cumpleaños de su sobrina. Ahora bien, a diferencia de lo que se narra en esta obra, la Duquesa estaba sentada al lado del Rey y no salió huyendo de la sala. Además, Victoria rompió a llorar tras el incidente, motivo que llevó a ambas partes a hacer las paces.

La primera visita de los hermanos Coburgo a Victoria transcurrió en mayo de 1836. El hermano de la Duquesa y rey de Bélgica desde 1831, Leopoldo I (Thomas Kretschmann), propuso a su sobrina que valorara desposarse con otro de sus sobrinos, el joven Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (Rupert Friend). Si bien aconsejó a su sobrino acerca de cómo conquistar a Victoria, no trazó un maquiavélico plan para asegurarse el favor de su sobrina, quien le tuvo siempre en alta estima. Con la colaboración de la Duquesa y de Conroy, la pareja de hermanos rindió visita a la futura Reina. La ficción, en aras de un mayor entretenimiento, obliga, en muchas ocasiones, al maniqueísmo; este recurso, en cambio, implica disminuir las dosis de realismo. Es este el motivo, probablemente, que llevó a los creadores de esta película a excluir de su guión al pretendiente que el rey Guillermo IV apoyaba, el príncipe Alejandro de los Países Bajos. Si no sólo Alberto venía defendido por Conroy, el villano de la película, sino que además el Rey, un personaje afable y querido por la audiencia, hubiera tenido otros deseos, el espectador podría haber condenado sin remedio al futuro marido de Victoria a las primeras de cambio. Aunque en la película es otro el candidato sugerido por Guillermo IV (Jorge V de Hannover), Victoria no llega a conocer a ningún candidato más allá de Alberto. En realidad, el príncipe Alejandro de los Países Bajos hizo acto de presencia, si bien no fue del gusto de la joven.

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No se deje engañar por las apariencias, en realidad la reina Victoria tenía una baja estatura y era bastante corpulenta; en definitiva, poco tenía que ver con la estilizada figura que luce Emily Blunt.

En la madrugada del 18 de junio de 1837, tan sólo un mes después de cumplir dieciocho años, Victoria recibía la noticia de la muerte de su tío, el rey Guillermo IV. Diez días después –en el filme parecen ser muchos más–, tenía lugar la ceremonia de coronación de la nueva Reina. Aunque mantenían correspondencia, Alberto no estuvo presente en la ceremonia; de hecho, la siguiente visita se dilató hasta octubre de 1839. Fue entonces cuando Victoria –dado que ella era la Reina– le pidió matrimonio, materializándose éste en febrero del año siguiente. Fruto de esta unión tendrían nueve hijos, de los cuales descienden, entre otros, Juan Carlos I o Sofía de Grecia. Apenas veinte de los 81 años que Victoria vivió fueron los que compartió junto a su esposo, a quien ni mucho menos confió los asuntos de Estado desde el principio.

Mucho tuvo que ver en ello Lord Melbourne (Paul Betanny), cuyo rol en esta obra aparece parcialmente desfigurado. Pese a contar con cuarenta años más que Victoria, apenas doce separaban la verdadera edad de sus intérpretes, dejando entrever que el que fuera Primer Ministro durante su ascensión al trono pudo haber puesto en juego sus artes seductoras con la monarca. Sin embargo, tal diferencia de edad y las condiciones en que se desarrolló la infancia de la Reina hacen más probable que el papel de quien diera nombre a una famosísima ciudad australiana fuera el de una figura paternal. Ejerció como mentor de la Reina, guiándola en los primeros pasos al frente de Inglaterra, y se ganó toda su confianza. En 1839, Lord Melbourne no pierde las elecciones como dicta la película, sino que resigna su puesto después de perder una votación en la Cámara de los Comunes referente a la constitución de Jamaica, y la Reina invita a Robert Peel (Michael Maloney) –nuevo líder de los “tories” en detrimento del duque de Wellington (Julian Glover)– a formar gobierno. Cuando éste solicitó que las damas de compañía de Victoria, de ideología liberal, fueran reemplazadas por otras nuevas afines a sus ideas, como era costumbre, ella se negó. Este hecho hizo que Peel renunciara a ser Primer Ministro, lo que llevó a Lord Melbourne a retomar su puesto hasta las elecciones de 1841 que –entonces sí– perdería con el primero.

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De izquierda a derecha y de arriba abajo, el rey Guillermo IV, John Conroy, el rey Leopoldo I de Bélgica, Lord Melbourne, el duque de Wellington y Robert Peel.

La relación entre el príncipe Alberto y Lord Melbourne nunca fue buena. Este último dio toda suerte de consejos a Victoria con el fin de restar poder a la figura de su marido; así, nunca adquirió el título de rey consorte, sus ingresos eran menores de lo habitualmente estipulado y ni siquiera mandaba sobre su casa, en la que la baronesa Lehzen (Jeanette Hain), que siempre había estado al lado de Victoria, era quien mandaba. Con la subida de Robert Peel, el Príncipe fue ganando poder en todos los ámbitos y terminaría por trabajar codo con codo junto a su esposa. En la película, la razón que motiva este cambio de rol es, sin embargo, la valentía que el Príncipe demuestra dejándose disparar en el lugar de su esposa, una excusa si bien dramáticamente más apropiada, ficticia. Este atentado, que efectivamente tuvo lugar, fue llevado a cabo, aparentemente, por un demente, pero la heroica acción de Alberto no ocurrió; de hecho, ninguno de los disparos alcanzó a los monarcas.

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El amor que ambos profesaron a las artes no está ni mucho menos sobreestimado; el Museo de Victoria y Alberto de Londres, fundado en 1852, da fe de ello. De hecho, tal y como se nos narra, la Reina tenía bastante destreza en el dibujo y la acuarela. Es probable, igualmente, que en alguna ocasión incluyera entre sus dibujos a Dash, el primero de los muchos perros que tuvo por mascota y al que tanto amó siendo una niña. Respecto a la filantropía de Victoria y de Alberto, si bien llevaron a cabo medidas que favorecieron la educación y la sanidad de la clase obrera, es probable que ésta esté sobredimensionada en el filme.

Despido este post con una canción de Leonard Cohen (“Queen Victoria”), nada aconsejable de escuchar para aquellos que se muestren más reticentes a cambiar su benigna visión de la reina a la que “homenajea”, a quienes recomiendo en cambio pinchar en este link.

PRÓXIMA Y ÚLTIMA PARADA: “El discurso del rey” (Tom Hooper, 2010) el 11 de agosto.