Especial “La Generación de la Violencia”: ‘La muchacha del trapecio rojo’ – Amor, crimen, juicio

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Toca en este especial de la Generación de la Violencia hablar de una de las películas menos conocidas de su director, Richard Fleischer. ‘La muchacha del trapecio rojo’ (Richard Fleischer, 1955) llega cuando el director ya lleva unos cuantos años rodando, pero antes de entrar en su mejor época. Quizás esta obra no sea de las mejores dentro de su filmografía, pero sí que tiene suficientes cualidades como para que no deba caer en el olvido.

La película nos narra la historia real de Evelyn Nesbit, una corista de inicios del siglo XX que conseguirá subir su nivel de vida, aunque viéndose metida en un triángulo amoroso con hombres de la alta sociedad. Amor, celos, música, crimen… una trama bien cargadita.

A pesar de que se vende como un biopic, no creo que en esta obra tenga mucho interés la vida del personaje real. Lo bueno de ‘La muchacha del trapecio rojo’ es la trama amorosa de ese triángulo —en especial, entre dos de sus componentes—, y da igual si la muchacha es Evelyn Nesbit o María Sánchez. Como digo, la virtud de la historia está en ese amor imposible entre Evelyn y el famoso arquitecto Stanford White. Yo no sé si es que ahora esto ya no encajan con nuestros tiempos o es que antes se hacían las cosas mejor, pero creo que hoy en día no es posible ver un romance de estas características. Tan grandilocuente en el habla, tan dramático. Como ese “Si me besaras, me gustaría mucho” o ese “Nunca” que rompe una serie de afirmaciones de Evelyn ante las ordenes de White. Como veis, destaco como buena sólo esta cara del triangulo. Y es que la otra que incluye la chica, la que forman ella y el violento millonario Harry Kendall Thaw, no está tan bien construida. Para empezar, el amor con Stanford, aunque imposible, es verdadero; en cambio, con Harry puede ir más allá en la relación formal, pero aquí no podemos hablar de amor. Pero no es la falsedad de este amor su punto flojo, ya que grandes películas se han hecho con falsos amores y desamores. El problema es que cuesta creer que pueda haber cualquier tipo de unión entre la chica y Thaw, le falta fuerza a esta rama de la historia. Así pues, se mezclan los aciertos y los fallos en un conjunto que merece la pena ver, pero que no llega al nivel que podría alcanzar.

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Todo este romance acaba desembocando en crimen y, luego, juicio. Esta parte baja enteros respecto a la anterior, pero mantiene el interés. Los personajes deben responder por sus acciones pasadas y vemos como cada uno acaba sucumbiendo ante su destino.

Si nos fijamos en el tema que dio nombre a esta generación, vemos que la violencia no está muy presente en ‘La muchacha del trapecio rojo’. Tiene algunos momentos, pero no es más agresiva que películas anteriores. A pesar de esto, el personaje de Thaw es todo violencia y, aunque no sea físico, hay algo violento no explícito en la vida de Evelyn.

La bella Joan Collins se pone en la piel de la protagonista, un papel que puedo haber sido para Marilyn Monroe. Lo hace muy bien y sabe aguantar sin problemas el peso cuando le toca cargarlo a ella sola. Ray Milland realiza un gran trabajo como White, seductor en unos momentos y sufriendo en otros. Finalmente, Farley Granger logra que veamos en Harry el hombre malvado que es, pero no destaca tanto como los otros dos.

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La parte romántica del film tiene algunas muy buenas virtudes, pero, para mí, lo mejor de toda esta obra es la dirección. Y es que Richard Fleischer realiza una gran puesta en escena. Todo está en su sitio, todo tiene su significado —esa ascensión al cuarto del trapecio—. Pocos directores actuales, incluidos muchos de los mejores, son capaces de sostener un plano más de cinco segundos. Fleischer no necesita de cortes y montajes, él pone los elementos en la pantalla y es a ellos a quienes va moviendo. Su trabajo está acompañado por la fotografía de Milton R. Krasner, con unos colores realmente vivos. Y, si nos fijamos en el guión, encontramos los nombres de Walter Reisch y Charles Brackett, que cuentan con grandes libretos en su currículo.

En conclusión, obra menor de Fleischer, aunque esto no es motivo para su olvido. Tiene algunas cosas muy buenas, le faltan otras, pero es recomendable para ver una gran dirección y disfrutar de una historia romántica de las de antes.

  • Andrea K.

    Una película con bastantes méritos formales, una de las primeras en Cinemascope. Y lo de la duración de los planos, creo que tiene relación con la forma de ver lo que nos rodea. Hace un tiempo vi un estudio que realizaba la comparativa de los planos de hoy y los de antes y, claramente, se evidenciaba este acortamiento que señalas. Vivimos en la cultura del Zapping, de la dispersión vacía. Y respecto a los diálogos, creo que intensidad que añoramos algunos se ha perdido precisamente por el desprestigio que goza lo melodramático. Es el miedo a mostrarse en lo íntimo. Saludos.

    • Robert Fonoll

      Interesante lo que dices. A mí me gustaría saber el porqué de este miedo. Entiendo que tendemos a guardar lo íntimo, pero esto es igual ahora que antes (de hecho, antes la sociedad estaba más cerrada en muchos aspectos que ahora no). Es una lástimas como hemos ido perdiendo por algunos lados con el tiempo.
      Saludos!

      • Andrea K.

        Concuerdo en que antes la sociedad estaba más cerrada, pero no destilaba el cinismo de ahora. Existe una clara aversión en público por las grandes demostraciones sentimentales. Otra historia puede ser lo privado. Ser y parecer.

        Un placer, Robert.