Te doy mis ojos – Toma mis miedos

No hay mayor víctima que aquella a la que se le niega el daño que sufre. En el estado actual del “debate”  sobre la violencia de género en nuestro país (si todavía se puede llamar así a la discrepancia de aquellos que niegan un problema evidente y gravísimo), una película como Te doy mis ojos (2003, Icíar Bollaín) sigue estando de actualidad. Quizás más que nunca, cuando en las redes todavía hay gente que justifica, disculpa o resta importancia a este hecho basándose en denuncias falsas (un 0’4% del total), por poner un ejemplo. El hecho de que haya también hombres maltratados parece ser (según leo) motivo suficiente para quitarle voz a aquellos que denuncian un mal todavía arraigado en nuestra sociedad. Algo demasiado normalizado todavía, por mucho que le pese a algunos. Desde el momento del estreno de Te doy mis ojos  en 2003 ha habido un total de 900 mujeres asesinadas por sus parejas[1] , de un total de 1.683.000 denuncias registradas[2].

Es por eso que considero a esta película una obra aterradora, por lo familiar que resultan sus escenas. Es un problema tan extendido que casi todos nosotros conocemos a alguien que lo sufre, y aún así hay gente que deniega la gravedad del asunto. Vemos a Pilar huir de su casa, llevándose a su hijo, y ya sabemos lo que pasa. Ya sabemos el motivo de su huida y porque lo hace en esas circunstancias. No hace falta mayor introducción que esa: una mujer escapando de su propio hogar y refugiándose en casa de su hermana.

Uno de los motivos por los que Icíar Bollaín quería hacer esta película era por ahondar un poco más en la mente de la víctima y del maltratador, intentando discernir porqué una mujer, a pesar de recibir palizas continuamente, sigue con su pareja. Quería investigar de donde proviene la confianza de la mujer en que su marido cambie, y esta película contesta muchas de esas preguntas. La interpretación de Laia Marull, maravillosa, frágil y sorprendentemente determinada a veces, es tan solo una de las perlas de esta obra. Pilar, aparte de vivir con miedo y dolor, vive con esperanza. Con esperanza de que su marido sea esa persona dulce y cariñosa de la que se enamoró; y de que reforme su conducta, algo sobre lo que la primera mitad de la película parece ser incluso optimista. Pilar tiene la esperanza de tener una vida por ella misma, haciendo algo que la apasiona, compaginándolo con su familia que adora y contando también con un poquito de suerte, consigue empezar un trabajo que la permite desarrollar estas inquietudes. En ese sentido, Pilar también tiene la esperanza de que su marido le de permiso para continuar con ello.

Otra de los motivos por los que nuestra protagonista parece aguantar este calvario es que las personas más importantes de su vida se permitan el lujo de insinuarla que romper su matrimonio no es lo mejor para ella. Comiéndose la pantalla cada que vez sale, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados, Rosa María Sardá nos presenta un personaje clave en la respuesta a la pregunta que Icíar Bollaín pretendía contestar con esta película.

La madre de Pilar es una persona religiosa y tradicional. Se permite el lujo de insinuar que una vida con Antonio es a lo que debe aspirar su hija, y resulta indignante, siendo ella misma una persona que ha sufrido las consecuencias de un matrimonio muy parecido al que está padeciendo Pilar. “Eran otros tiempos”, te dirán algunos, pero lo cierto es que aún se ven reticencias de una época en la que el matrimonio era tan sagrado que justificaba cualquier comportamiento por parte del hombre. No será la primera vez que utilice machismo en este texto, y esta es una de las muestras más evidentes. Una sociedad en la que cada hombre era dueño y proveedor de su casa, en las que el alcoholismo, las palizas e incluso las indiscreciones en el matrimonio (impensables en caso de producirse en la mujer) se atajaban con frases como “los hombres son así”, “no hay que hacerlos caso”, asumiendo un rol dictatorial en el marco de la familia que ha pervivido durante años.

Precisamente otra “víctima” (por favor, nótese el uso de las comillas) de esa sociedad machista es Antonio, el maltratador, interpretado por un colosal Luís Tosar. Tiene complejo de inferioridad y cero tolerancia a la frustración. Inseguro en su trabajo, condenado a lo que él considera una vida mediocre, paga sus miedos con Pilar, y la única manera que encuentra de afianzarse en ese “mundo” que él abraza, en el que el hombre debe ser resolutivo, dominante y exitoso; es pegando a su mujer y humillándola, creyendo que controlándola y anulándola son las únicas maneras de mantenerla a su lado. Esa supuesta voluntad de cambiar, atendiendo a una serie de sesiones con un psicólogo y otro grupo de maltratadores que se ve a lo largo de la primera mitad, resulta ser una pantomima. Y es precisamente el mencionado grupo lo que más me llama la atención de la obra.

La inclusión de Antonio de la Torre en su papel de irascible y egocéntrico marido, terrible en su naturaleza, funciona en esta obra, mal que nos pese a algunos y a pesar del oscuro significado de sus palabras, como comic relief. Ese es uno de los movimientos más arriesgados de Bollaín en esta película, aligerar el tono e incluso sacar la sonrisa del espectador con el discurso de un hombre que no está acostumbrado a hablar de sus sentimientos y con sus reacciones exageradas e irracionales, que también resultar ser más familiares de lo que deberían. Uno de los momentos más reveladores de la película pasa a lo largo de una estas sesiones, en las que los maltratadores se preguntan constantemente unos a otros si las mujeres a las que habían pegado “los habían provocado”, en una búsqueda de justificación vergonzosa ante un acto que ellos saben que es horrible.

Pero Bollaín aún se reserva una sorpresa final, y es que todo acaba “bien” para Pilar, y es capaz de escapar de las garras de Antonio. Digo que sorprende porque, quizás, para acabar de concienciar sobre este tema, yo hubiera terminado la película con un final fatal para ella. Sin embargo, lo que la directora parece que quiere transmitir después de todo, es un mensaje de esperanza. Una llamada para todas aquellas que sufren algo así actúen. De visionado obligatorio en los institutos, Te doy mis ojos es una película en la que un hombre somete a una mujer obligándola, aunque sea de palabra, a que le dé todo por su propia voluntad. Lo único que ella consigue, sin embargo, son las frustraciones y los miedos de su mal llamado compañero de vida. Lo importante de todo esto, ante una situación del maltrato, es darse cuenta de ello y salir de ahí. Huir de aquel que aclama ser el que te ama, y que es la consecuencia de tu miseria. Tened en cuenta que, una vez que te maltrata, ya no va cambiar, por mucho que todo parezca indicar que sí. Siempre hay esperanza, pero a veces puede ser demasiado tarde.

Sea como fuere, ni una más.

[1] Datos facilitados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad

[2] Datos facilitados por el Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial.

 

  • loula2

    Impresionante película. Impresionante la directora y el trío protagonista.
    En la violencia de género el verdadero problema es que la mujer maltratada se termina acostumbrando al maltrato como algo cotidiano. Y no es una cuestión de falta de carácter, o de medios económicos, o de cultura. Cuando te enamoras, idealizas al otro, y cuando muestra su peor cara nos negamos a reconocer la equivocación, y queremos recuperar al idealizado. Y a veces eso te puede costar la vida.

    • Yomismo777

      Sin ánimo de quitarte la razón loula, el aspecto económico tiene mucha culpa en estos casos tanto para generar la violencia como para soportarla.

      Yo la vi con 10 años y la verdad que pese a que me dejó marcado para siempre, no he vuelto a encontrar ganas para revisionarla dada su crudeza, por lo que no recuerdo mucho. Tengo que hacerlo pronto.
      Un saludo

      • Yomismo777

        Por cierto Jorge donde dices “reticencias” supongo que querías decir “reminiscencias”.
        Buena crítica, a seguir así que OS habéis y convertido en la aldea de irreductibles galos de la red de cine

  • Bellverona

    Por desgracia con estos temas siempre ha habido una falta de empatía brutal. Pero hoy en día da mucha pena leer ciertas cosas respecto a ello, parece que no avanzamos, al menos no a la velocidad que convendría, e incluso a veces creo que hemos dado pasos atrás.
    Recuerdo que vi esta película cuando era muy joven, y me impactó mucho porque no entendía ni comprendía lo que muchos se siguen preguntando, ¿por qué una mujer maltratada aguanta eso; por qué perdona; por qué sigue confiando en qué su pareja cambiará, por qué vuelve, por qué cree? También me preguntaba cómo alguien termina siendo un maltratador, cuál es el detonante, cómo surge, qué es lo que siente y piensa esa persona para terminar actuando así… La verdad es que hace años que no he vuelto a verla pero recuerdo que daba muchas respuestas a mas de una de estas preguntas; me gusta este tipo de cine que habla sobre personas, sobre esta raza tan imperfecta que somos.