Escenas de cine – La exposición

Escenas de cine - La exposición

La exposición es la parte inicial del guión, en la que se le exponen al espectador los distintos elementos y puntos de partida desde los cuales la historia que se va a contar podrá funcionar: los personajes principales, el marco, la situación inicial, la primera perturbación… (Michel Chion, “Cómo se escribe un guión”).

Aquí traigo al lector un ilustrativo ejemplo proveniente de la pluma y cámara de Drake Doremus, conocedor de buena parte de los trucos que se esconden bajo el arte que es escribir guiones. Trataré de desvelar parte de los que en la exposición de “Breathe in” (2013) usa. Aunque sería aconsejable ver sus dieciocho primeros minutos, en mi opinión lo más rescatable de una modesta película muy por debajo de su ópera prima (“Like crazy”, 2011), antes de leer este texto no es indispensable para comprenderlo y tampoco desvelaré en él más spoilers de los que puede mostrar el tráiler. Comenzaré este texto rescatando una sinopsis más o menos completa de la obra en cuestión, que en definitiva puede constituir un perfecto resumen de lo que la exposición debe mostrar. A continuación, seguiré estos minutos iniciales de “Breathe in”, desvelando a través de los planos más representativos estos trucos a los que me refería.

Antes de enseñar música, Keith Reynolds (Guy Pearce) era uno de tantos guitarristas luchando por alcanzar sus sueños artísticos en Nueva York. Años más tarde, Keith ha asentado la cabeza con su mujer Megan (Amy Ryan) y su hija Lauren (Mackenzie Davis). Mientras esta última encara su último año de instituto, Keith echa de menos su juventud bohemia. La llegada de una estudiante de intercambio inglesa, Sophie (Felicity Jones), alterará la dinámica de la familia. Gracias a ella, un melancólico Keith encontrará su naturaleza impulsiva reprimida una vez más luchando por salir a la superficie en un drama en que nada es tan plácido como parece.

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Una lánguida melodía suena al piano. Los tonos son sombríos. Atravesamos una ventana y nos encontramos con dos mujeres y un hombre posando para una sesión de fotos. Una de ellas (Lauren) parece más joven que la otra, quizá sea la hija de los otros dos, pero aún no podemos conocer qué relación existe entre ellos. Él (Keith) parece sonreír de un modo más natural; la mayor de las féminas (Megan), en cambio, se nos dibuja con una sonrisa más fría. ¿Son verdaderamente felices o esconden sus emociones bajo estudiados gestos?

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La siguiente escena nos traslada al despacho de Keith. Aunque después sabremos que su instrumento es el chelo, son unas guitarras estratégicamente colocadas a su derecha las que pintan su juvenil carácter. Abre un sobre gracias al cual deducimos su profesión (profesor de música). El horario que en él se encuentra y la respuesta de Keith ante éste retoman la metáfora de la ventana que daba comienzo al filme, los barrotes de la cárcel en que se ha convertido su vida. La melancólica sonrisa que esboza frente a las fotos que retratan su pasado en una banda no hacen más que reforzar la idea de cuánto añora sus años de libertad.

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Una sonriente y hermosa joven rubia llena de luz la escena. Se nos hace ver que la relación de ésta con Keith es la más estrecha de las que existen entre los tres componentes de la casa. Esto es así porque Keith cumple sus deseos culinarios, la hace reír a costa de Megan y porque en la cocina esta última está aparte de los otros dos –a una altura de pantalla menor, descentrada, apartada de la luz y en otra conversación–. El diálogo de Megan con un invisible interlocutor anuncia la llegada de una joven pianista (Sophie). Se produce entonces una primera confrontación entre Megan y Keith que nos desvela no sólo la audición que él está preparando, sino también la situación de dominio que ejerce ella sobre la casa. La entrada en juego de Lauren nos revela su edad y la de la esperada pianista (17 y 18 años respectivamente), de tal forma que cuando pide un coche a los otros dos despejamos cualquier duda que pudiera quedarnos acerca de las relaciones entre estos tres personajes (matrimonio e hija). Apenas durante un breve instante pudimos creer que Keith mantenía una relación con una mujer mucho más joven que él –no es nada descabellado, pues las edades reales de los actores que les dan vida son 45 y 25 años–, lo que va a ayudar, junto al rechazo que tiene por su mujer y la vida que ésta le plantea, a hacer más progresiva y compresible para el espectador la entrada de Sophie en su corazón.

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Las formas lo son todo para Megan. La tarjeta de bienvenida, la habitación recogida, el aspecto del exterior de la casa… Recordamos viendo el plano de la tarjeta la sesión de fotos con que daba comienzo este filme. Realmente parecen felices; también parece viva la casa a juzgar por su envoltorio. Y sin embargo, el oscuro tono con que dota a sus imágenes Drake Doremus, la melodía de piano y el reciente enfrentamiento que acaba de copar las retinas del espectador van sugiriendo ya lo muerto del contenido.

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La llegada de Sophie se vaticina como catastrófica –quizá catártica–, al asemejarla sutilmente con la pieza que hace caer la torre de jenga. Ella será la antítesis de Megan desde su misma llegada al aeropuerto –el color del pelo no es ninguna casualidad–, de tal manera que definir y desarrollar estos dos personajes será un simultáneo ejercicio de contraste. Estos contrastes tendrán como centro a Keith, cuyo carácter y devenir será el fruto de este “tira y afloja”.

Se nos mostrarán ahora una serie de escenas en las que, como en su matrimonio, Megan llevará el control de los acontecimientos. Ella es la que conduce el coche y la que dirige la recepción de Sophie mientras Keith queda difuminado ante la cámara.

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La escena del interior del coche es una inmejorable excusa para explicar la forma que tiene Drake Doremus de concebir el guión y la filmación de esta cinta. Éste reconoce que en sus guiones el diálogo apenas está contemplado, dejándolo a la improvisación de los actores en el momento del rodaje. Esto debe traer consigo un guión en el que está potenciado el lenguaje visual, es decir, los gestos, los planos, e incluso el montaje. En el coche se evidencia de nuevo la cárcel vital de Keith; y lo hace no sólo en las dos ocasiones en que Megan pisotea su orgullo artístico –burlándose de lo que él considera un trabajo a tiempo parcial y sentenciando tajantemente que no dejará su trabajo de profesor en caso de salir exitoso de la audición–, sino también en el plano visual, en que unos metafóricos barrotes se reflejan intencionadamente sobre su rostro. Al mismo tiempo empezamos a conocer a Sophie, y lo hacemos a través de la empática mirada que lanza a Keith en este par de instantes en que su mujer lo ha vapuleado. Como el espectador, ella es una recién llegada y, sentada en el coche detrás de los otros personajes, su mirada les es de momento invisible. La empatía que muestra hacia Keith consigue que nos agarremos a ella como referente moral. Esta temprana identificación con Sophie será la responsable de que, más adelante, nuestras emociones nos hagan desear el éxito de su romance con Keith.

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Pocos minutos después de que lo hiciéramos nosotros, Sophie conoce la casa. Que los tonos de la pantalla sean cada vez más oscuros y el interés mostrado por la joven en conocer la distancia que separa su nuevo hogar de Nueva York tratan de potenciar la sensación de encierro que la protagonista va a ir sufriendo conforme avancen los minutos. Es en esa depresión de la mente y los sentidos donde las figuras de Keith y Sophie se acercarán hasta tocarse de la mano. Ella, reposando en la cama, con la lluvia de fondo, sin nada que hacer, escucha la música que Keith toca al otro lado de la pared. Será por tanto a través de la música la forma que tendrán sus almas –y más tarde sus cuerpos– de abrazarse.

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Sophie mira el piano. Se acerca a él. Y, cuando apenas lo ha acariciado su mano ya se ha resbalado del teclado. Parece añorarlo como si se tratara de un antiguo amor, a sabida cuenta de que su corazón ya no le pertenece. Cuando más adelante emplee este mismo piano motu proprio para deleitar a Keith se convertirá entonces el mismo en el símbolo de los dones y las pasiones que Sophie quiere ofrecerle.

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Mientras Megan prosigue con su encorsetada presentación –en la que el guión aprovecha para desvelarnos su trabajo–, en una exhibición de superficialidad y sonrisas puestas, nos topamos de bruces con un pérfido comportamiento por parte de Keith. Su curiosa mirada al equipaje de Sophie nos descubre una atracción ya existente, sentida como pecaminosa, que será una constante durante el resto de la proyección. En un comportamiento paralelo que sigue cimentando el acercamiento de los dos protagonistas, Sophie cotillea la habitación y las fotos de Lauren, lo que además nos permite conocer tanto las notables cualidades deportivas como la relación sentimental de esta última.

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Es hora de que el guión reposicione a Lauren. Si ésta continuara mostrando una mayor afinidad por su padre que por su madre, y más aún con la llegada de Sophie, se desdibujaría la represión que sufre Keith. En cambio, si se diera el caso contrario, veríamos en las miradas y acercamientos que Sophie le ofrece la única vía de salida a su patética existencia. Se nos remarcan una vez más las cualidades deportivas de Lauren –ausentes en Sophie– y en la cena la conversación –mantenida sólo por la madre y la hija– gira en torno a los tarros de cookies de Megan una vez se ha tratado con cierta burla el pasado artístico de Keith. En la siguiente escena Keith lee un libro cuando Sophie se acerca para mostrar interés y darle ánimos para su audición. Se continúa apuntalando así la conexión de los dos protagonistas; ya no sólo se aproximan en el silencio y la soledad, sino que van descubriéndose preocupaciones comunes –recordamos ahora que los dos elementos que destacó Keith en la maleta de Sophie fueron un libro y una partitura.

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A estas alturas, ya tenemos las armas suficientes como para simpatizar con Keith y entender la atracción que va a sentir por Sophie. El segundo de estos puntos –hacer comprender al espectador de un modo creíble o lógico por qué le atrae la joven– es relativamente sencillo de conseguir, en tanto en cuanto Keith es el mayor de los dos; en cambio, no lo es tanto, y la cinta lo logra a la perfección, posicionarnos a su favor, deseando que esta relación llegue a buen puerto. Colabora a ello el significado que tiene la mirada del novio de Lauren a Sophie, más allá de que se avecinan problemas. Y es que él se siente atraído instantáneamente por ella, como si de un hechizo se tratase, lo que por contraste nos da a entender que el interés nacido en Keith, más dilatado en el tiempo, es a un nivel más profundo, más intelectual, menos físico y, por tanto, de nuevo nada culpable. Queda pues por desarrollar el interés que en Sophie tiene que despertar Keith, una tarea que como en la “Lolita” (1962) de Stanley Kubrick no es nada fácil. Como primer paso, Drake Doremus nos muestra a una Sophie incómoda, perdida, diferente, con otras preocupaciones a las de los chicos de su edad –y más concretamente a las de Lauren–. El distinto lenguaje que destilan las manos de una y otra en la primera escena del instituto es una excelente forma de hacer calar esta idea en el público.

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El curso comienza y con él también lo hacen las clases de música de Keith. Es divertido y cercano con sus alumnos. Su actitud denota que se siente libre dentro del aula, cerca de la música y la juventud, al igual que lo hará más tarde al lado de Sophie. Ésta no se presenta a la primera clase, algo que Keith lamenta. Corre detrás de ella y da la sensación de querer engañarla con tal de conseguir que atienda a sus clases. Tanto el tono de voz de uno y otro –tembloroso en el caso del de Sophie y duro en el de Keith– como sus miradas –la de ella mirando hacia arriba y la de él hacia abajo– le colocan a él en una posición de perversa superioridad que nos perfila un poco más el complejo carácter de su personaje, víctima y culpable al mismo tiempo.

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En la siguiente escena vemos a Keith dando clases de piano particulares a un alumno (varón). Ambos parecen pasárselo bomba de un modo totalmente inocente. Sophie los observa. Sonríe. Y es así, consiguiéndole sacar a Sophie una sonrisa –la primera que esboza sin forzar–, como no solo arranca de un plumazo cualquier tipo de reticencia de la misma, sino que también es capaz de sembrar una atracción en ella que irá creciendo durante el resto del metraje.

FIN (de la exposición)