Escenas de cine – El final de “A través de los olivos”

Escenas de cine - La perseverancia

Dicen que querer es poder. Aunque los hay que son más pesimistas, en “A través de los olivos” (1994) Abbas Kiarostami demuestra sumarse al grupo de los que ven el vaso medio lleno. Este filme constituye la tercera parte de la trilogía que dedica el ganador de la Palma de Oro a Koker, ciudad asolada por el terremoto que acabó con miles de vidas en Irán en 1990. Frente a una tragedia de tal calibre, lo fácil sería caer en la autocompasión, en el drama, o simplemente en la cruda realidad, pero la vida continúa y ningún medio como el arte para inundar de esperanza los corazones de quienes sufren.

Hossein (Hossein Rezai) es un personaje sensacionalmente construido. Desgraciado, ignorante, pobre, torpe… No es difícil conmover al espectador con tales cualidades; lo complicado es hacerlo sin caer en el tópico, en lo artificioso. Kiarostami deja que nos burlemos de él, que durante la mayor parte del metraje no le tomemos en serio, que nos riamos de las continuas propuestas de matrimonio que profesa a Tahereh (Tahereh Ladanian). Bien avanzado el metraje, Hossein expresa su anhelo de casarse con alguien que no sea tan ignorante como él para poder así ayudar a sus futuribles hijos con los deberes del colegio. Atando a su protagonista a una realidad de la que parecía no ser consciente, Kiarostami logra que las entrañas del espectador se remuevan y que se arrepienta de la superficialidad de sus juicios previos, pasando de la burla a la admiración de la constancia, de la lucha de un ser que se sabe desgraciado por asir el pedazo de felicidad que la vida le tiene reservado.

La escena final de “A través de los olivos” sólo puede firmarla un genio en su momento de máxima inspiración. Sencilla, trascendente, poética, esta secuencia rezuma esa magia tan adictiva de la que hablaba Stendhal. El director de la película ficticia (Mohamad Ali Keshavarz) sigue con nosotros los pasos de Hossein, quien se esfuerza por conquistar la mano de Tahereh con un último alegato. Llegamos a lo alto de una colina, ella ha seguido su camino, desoyendo las promesas de su desdichado pretendiente, quien parece haberse quedado sin recursos ni fuerzas, y la distancia que les separa no hace sino incrementarse.

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La cámara se queda fija en este punto, transformándose en los ojos de un invisible espectador –¿nosotros, el director quizá?– que observa entusiasmado la escena que se desarrolla delante de él. ¿Está Kiarostami reflexionando sobre el metacine con esta decisión técnica? De lo que no hay duda es de que rompe las reglas del lenguaje cinematográfico con las que hasta ese momento había jugado, dando a esta escena un carácter documental. En el comienzo de “A través de los olivos”, el director se dirige a cámara para explicar su proyecto, que no es otro que “Y la vida continúa” (1991) del propio Kiarostami. Sin embargo, la historia de amor en torno a la cual se centra esta obra y el montaje empleado acaban alejando a esta película del género documental para incluirla dentro del campo de la ficción. Los planos fijos ya habían sido utilizados previamente en este filme para documentar o recrear las infinitas tomas necesarias para el rodaje de “Y la vida continúa”. En esta escena final, la renuncia al empleo del zoom nos vuelve a hacer consciente la existencia de la cámara, las restricciones del género documental; al mismo tiempo, nos muestra, a través de una secuencia que roza lo onírico, el inmenso potencial del mismo. Sólo hacen falta un par de ojos que sepan ver la sobrecogedora belleza de la realidad –parece querernos decir Kiarostami, dada la naturaleza de su historia y el final con que le dota.

Seguimos plantados, junto a Hossein, mirando cómo sus sueños siguen alejándose inexorablemente. La actitud de Tahereh es tan inmisericorde como la del terremoto que acabó con la vida de sus padres. No cabe sino darse por vencido; contra ciertas cosas sólo cabe resignarse.

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Y entonces, un chispazo salta en la mente de nuestro protagonista, que, sin ningún atisbo de dudas, se tira al precipicio. Nada de lo bueno se logra sin esfuerzo y sin poner toda la carne en el asador. Tras el impulso inicial, las dudas, las pruebas, el bosque. ¿Y después? Después sólo le queda bailar, perseguir sus sueños hasta sus últimas consecuencias. De cerca, las exigencias de su empresa quizá parezcan ser infernales; con cierta perspectiva, se trata de un bellísimo espectáculo que presenciar. Supongo que, de algún modo, es así como debe presenciar Dios nuestras hazañas, sabiendo que el Allegro siempre acaba por llegar.

  • Kaabee

    Abbas Kiarostami fue durante una temporada de mis directores predilectos, e hizo que me gustara cualquier cosa que viera proveniente de Irán. Una pena que tenga tan abandonado al bueno de Kiarostami, debería recuperarlo y especialmente esta peli, de la que no recuerdo nada salvo la más que grata sensación que me dejó.