Escenas de cine – ‘Boyhood’: 12 años en 12 escenas (10)

Año 10.- She’s still just as confused as I am

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A estas alturas de la película, avanzamos un año en la vida de sus protagonistas y apenas notamos grandes cambios en el look o en el carácter de Mason. Sí lo hacemos, por el contrario, en aquello que le rodea: Sheena ha pasado a estar presente en su día a día, su madre se ha separado por tercera vez y Samantha ha dejado de vivir junto a ellos. Y, aunque Mason ha ganado más independencia –conduce y tiene un pequeño trabajo–, en esencia, apenas ha cambiado. De aquí hasta el final de “Boyhood”, su metamorfosis será mínima y ya no será tanto la biología su determinante, sino que más bien será el cariz de los acontecimientos el que vaya modelando a nuestro héroe. Dado que éstos se nos van dando a conocer, sus respuestas se nos irán haciendo más predecibles y creeremos conocer en más y más profundidad a Mason. De lo que no cabe ninguna duda es de que la incertidumbre seguirá caracterizando su destino, como también el de los dos años que aún nos quedan por vivir –de ello pueden dar buena cuenta escenas como la que elegíamos para el tercer año.

La inestabilidad, el rápido consumo que caracteriza, por norma general, a las relaciones sentimentales en tan prematura etapa se abalanza sobre la vida de Mason cuando Linklater lleva a una cafetería a la pareja de enamorados a tomar nachos con queso a las tres de la madrugada. La mínima distancia que les separaba el día que se conocieron ha pasado a hacerse insalvable. Cansados de explorarse, sus miradas escapan el rostro del otro para posarse sobre quienes les rodean. Ya no se valen para justificar la sonrisa. Entre bromas (“We know what we’re doing here. Queso. We have a purpose”), su relación va a ir desangrándose. Y, aunque Mason se vaya a empeñar un buen rato más en llevarle la contraria, el espectador sabía de antemano la imposibilidad del primer amor.

La guardería, la educación infantil, la primaria, la secundaria y, posiblemente, el bachillerato –el B.U.P. y el C.O.U. para los nostálgicos–. De todas todas, sabes que vas a estar un porrón de años encerrado en un sistema en el que has sido (afortunadamente) incluido (aunque) sin permiso alguno. Cualquiera sueña con que llegue ese día en que salir a explorar el mundo –lo llamemos como lo llamemos–. Como tantos de nosotros hicimos, hacemos y seguiremos haciendo, Mason acepta el presente pensando en el prometedor futuro que se le avecina: “You know, by, like, next summer this’ll just be our lives. Stayin’ out all night and goin’ to shows… whatever we want”.

Acto seguido, sin embargo, parece rectificar, como cayendo en la cuenta del gran peligro que se le avecina. “I don’t know, doesn’t it all seem a little overwhelming? I mean, college? (…) I’m not counting on it being some big transformative experience. (…) Cause, like, I mean, look at my mom. She got her degree, and got a pretty good job, she can pay her bills… (…) Basically, she’s still just as fucking confused as I am”. Ese descubrimiento que Samantha nos hacía consciente en la escena que elegimos para el quinto año vuelve a salir a la palestra, esta vez de la boca de Mason. De buenas a primeras, uno descubre que ya no vale fijarse en modelos (humanos) superiores que le vayan diciendo qué es lo correcto y qué lo equivocado. De pronto, descubrimos seres semejantes de todas las edades que se equivocan y que llevan toda la vida haciéndolo. Y nos vemos obligados a asumir nuestro terrible sino, que tampoco nosotros dejaremos de hacerlo. Aprender se torna entonces en una tarea más dura de lo que nunca había sido. Cuales púgiles en el ring, no nos queda sino asumir los muchos reveses que el tiempo nos regalará; sólo así conseguiremos el impulso necesario para seguir perfeccionando nuestro estilo, para continuar esa preciada metamorfosis que las arrugas suelen ir dibujando.

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