‘Deadwood’ – Ese bendito pueblo de malnacidos

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La HBO se hizo mundialmente famosa con el bombazo Soprano hace ya un puñado de años (nos hacemos viejos). Muchos descubrieron las series con los mafiosos de Nueva Jersey, pero desconocen el puñado de joyas que ya habían realizado, especialmente aquellas truncadas, que no vieron quizás su calidad reflejada en más temporadas que las hubieran hecho perdurar en nuestra memoria. Algunas ya las hemos comentado por aquí (Roma, Carnivale). La confirmación de que se va a hacer una película que concluya con Deadwood hizo que me entrara el gusanillo y le pegué un repaso como se merece. ¿Estamos hablando de la última gran obra del western? Pues casi casi…

En el remoto pueblo de Deadwood no hay buenos y malos. No hay una confrontación entre la luz y la oscuridad. Hay humanidad, cinismo, ambición, suciedad y miseria. Incluso podríamos decir que no hay otro protagonista que el propio pueblo de Deadwood, pues lo que seguimos no es tanto la trama de unos personajes –bueno, un poco- sino el simple día a día de un pueblo del Oeste en plena fiebre del oro. El dinero fluye a través de los ríos, atrayendo a una plétora de cazadores de fortuna, algunos idealistas, otros desesperados y casi todos malnacidos. Ya desde el cuarto capítulo nos daremos cuenta de que no se trata de una serie normal, pues cada personaje arrastra una historia detrás, con sus problemas, sus traumas y sus sueños en un mundo infernal, en el que solo los más duros se mantienen en pie tras los primeros embates de realidad (aunque sea para caer derrotados poco después).

Casi ningún capítulo de Deadwood te dejará con avidez para dar play e ir a por el siguiente. Te levantarás del sillón meditabundo, reflexionando sobre lo que acabas de ver y cómo no puedes sino identificarte con un depravado asesino, un mezquino recepcionista o un implacable sheriff que es al mismo tiempo testigo, juez y verdugo. Deadwood nos recuerda la forja de los imperios, las toneladas de injusticia e inmoralidad que acompañan todos los grandes empeños de pasar de la impiedad bárbara a la eficiencia institucionalizada. Nos explica cómo se pasó de las carnicerías sin ley ni orden y de los disparos por doquier al sableo de los caciques, el amaño de elecciones y la brutalidad de una política de odios enconados que no permite la presencia de la violencia, pero que es insospechadamente más letal. Sí, el primer capítulo parece presentarte a unos buenos que lucharán enconadamente contra unos enemigos claramente siniestros. Sin embargo, a medida que los días transcurren, los papeles se oscurecen, los enemigos se alían y todo se complica, ya es difícil distinguir el lugar que ocupa cada uno. Todos ceden y negocian –los que sobreviven-. No hay lugar para la debilidad en Deadwood.

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El titán que maneja el pueblo es Al Swearingen (Ian McShane). Es el dueño del prostíbulo local, amén de uno de los bares, pero no hay negocio que florezca en Deadwood que no cuente con su aprobación. Swearingen es un ególatra amoral que encarna desde un primer momento la manipulación y la impiedad. Un malvado inteligente y hábil para el que sus intereses son la única ley por la cual ceñirse. Deberíamos odiarle desde un primer momento pero pronto aprendemos que, a su manera, quiere lo mejor para el pueblo, pues así saca el máximo rédito. Por muy cabrón que te pueda parecer (que lo es), adorarás a este tío. Es un auténtico hijodeputa (de la peor especie), pero casi desde un inicio se convierte en nuestro hijodeputa. Y eso cambia las cosas. Ian McShane se merece todos los premios que se te puedan ocurrir y más. El puto amo, que dirían algunos.

Su reverso moral, la otra cara de la moneda, es Seth Bullock (Timothy Olyphant). Llegado al pueblo en el primer capítulo con el objetivo de montar una ferretería y, simplemente ganar dinero, encarna el bien a lo bruto. Hombre de una férrea moral y un humor irascible, no concibe la existencia de los grises. Es rápido en juzgar y más rápido en desenfundar. Siempre en guerra con todos (contra sí mismo especialmente), contra la imperfección de la vida, pero al mismo tiempo el bastión de ética en el que todos confían. Bullock… le quieres, le odias, le compadeces. Es el retrato de un idealista puro, de un puritano máximo. Alguien que prefiere inmolarse, que elige sentir la cercanía de la muerte antes que la de la confusión o la duda. Timothy Olyphant compone a un personaje tan duro que parece irrompible, pero que es consciente de su fragilidad y sufre por todos. Su esforzada mentalidad de hombre de acción choca de frente contra la necesidad de refrenarse, contra la necesidad de aceptar que es necesario que haya un poco de mal en el mundo que responda ante la admonición de un mal superior.

Podría seguir así con cada uno de los personajes. Todos merecen un párrafo en el que desarrollar su historia: el abnegado Doc Cochran, que purga los errores del pasado remendando los cuerpos y las almas rotas; el letal “Wild” Bill Hickock, consciente de que ésta es su última aventura; la prostituta Trixie, que se debate entre la practicidad fatalista y la ilusión de la civilización; la viuda Garret, fuente de dinero y pasión entre adiciones al láudano, inseguridades y amoríos; Cy Tolliver, el reverso aún más tenebroso de Swearingen, incapaz de controlarse; Utter, el símbolo de la lealtad; Wu, el rey de las conversaciones a insultos; Calamity Jane, o la deconstrucción de un héroe; Ellsworth y su enconado esfuerzo por mantenerse honesto; EB, el capullo más adorable de la serie; Sol, la sensatez entre tanta crueldad… Y así puedo seguir un rato. Personas mudables, gente real que evoluciona, duda, sufre y sobrevive o muerte.

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Y al final aparece el último depredador, el definitivo. En la escala evolutiva del espanto es el monstruo más capaz. Un leviatán del Oeste. George Hearst. El horror en estado puro, metafísicamente perfecto. Sin fisuras. Solo voracidad económica, sin motivo ni horizonte más que el hecho en sí mismo, desnudo, caníbal, pulverizador. El progreso encarnado. El gran dinero entrañado. El oro es su sangre. Vaya duelo de titanes para acabar la serie.

La esperanza aquí reside en poder ver amanecer un nuevo día, encontrar la pepita de oro más grande y salir zumbando sin mirar atrás. Deadwood simplemente, existe. Es casi un ente vivo. Los animales de la HBO no se contentaron con tres escenarios y un par de ranchos, no. Construyeron un pueblo entero, con pelos y señales. Sus burdeles, almacenes y tiendas, sus bares, periódicos y cementerios. Tal como ocurría en Roma, es una recreación sucia y desgastada. Es desagradable pero no por ello menos fascinante y absorbente. En Deadwood, las mujeres y los hombres se enfangan. Los sombreros son la cima de lo polvoriento. Aquí, señores y señoras, no hay higiene. Es un pueblo lleno de suciedad y sus personajes, a no ser que estén todo el día en sus locales o domicilios, son el vivo retrato de una realidad tan simple como la de que si un sitio está sucio, quien lo habita se mancha. Por otra parte, las tetas de las prostitutas son tan constantes y tan descarnadamente alejadas de la sensualidad que pueden considerarse parte del escenario, al ser sus apariciones constantes, sin ningún tipo de pudor.

El esfuerzo que la HBO despliega para realizar cada capítulo es abrumador. Ahí reside la gloria y la tragedia de la serie. Su elevado coste no se vio reflejado en una gran audiencia, condenando una trama que tenía fuerza para cinco o seis temporadas que se tuvo que quedar en tres. Por suerte, no queda totalmente cortada como Carnivale, pues sus creadores supieron que iba a ser cancelada a inicios de temporada y tomaron la decisión de embutir la que iban a ser la 3º y la 4º temporadas en una fusión apelotonada pero decididamente vibrante.

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Deadwood es una de las series más ambiciosas jamás realizadas, pues no sólo recrean fielmente la realidad histórica de un pueblo del oeste, sino que gran parte de los sucesos son reales (y realistas). Está documentado que Wild Bill Hickock, Calamity Jane y los Hermanos Earpp pasaron por allí y dejaron su huella, que se traslada noveladamente a la pequeña pantalla. Cada capítulo sorprende por la complejidad de los recursos desplegados y abruma por la altura literaria de sus diálogos, repletos de dobles intenciones, ambigüedades y grises por doquier. A pesar de que es la producción con más ratio de insultos por capítulo, se pueden encontrar sesudos artículos desglosando la inspiración que recibe de no pocas obras literarias y teatrales.

Sin embargo, es una serie realmente agreste para el espectador. Exige una atención máxima que agota a un espectador debido a su tozudez por mantener un clímax casi continuo. Perderse un guiño de un personaje o fallar al comprender la segunda intención implícita en una frase provoca que no entiendas una situación o reacción posterior. Su exacerbada violencia está presentada de forma cruda y descaranda, sin asomo de gloria, puro pesimismo que sobrecoge fácilmente a los corazones más sensibles. Al igual que el sexo, tan desprovisto de cariño o pasión que provoca más desazón que placer. No es, ni por asomo, una serie con la que relajarse y desconectar. Es un agrio trago de una calidad impresionante, pero que es capaz de repeler al espectador novato con demasiada facilidad. Es una lástima.

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Su poco éxito y su corta vida provocaron el olvido del gran público, pero su consagración como serie de culto ha provocado la admiración de los espectadores que la descubren tardíamente y acometen, osados, a ver la evolución de una ciudad. Los personajes llegan, marchan y mueren, pero siempre hay algún cabo argumental del que estar pendiente. Deadwood no te deja indiferente, puede horrorizar, sobrecoger o provocar risas (especialmente si disfrutas con el humor más negro y ácido), pero nunca estarás esperando a que suceda “algo”.

Deadwood es oscura, desagradable y extrema, pero también es artística, profunda y endiabladamente intensa. Cualquier adjetivo que yo le pueda dar a Deadwood creo que no será muy objetivo. Sin embargo no creo que esté lejos de la realidad.