Recomendaciones de la Estantería del fondo: ‘Chocolate’ y ‘Maravillas’

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El cine quinqui puede considerarse uno de los pocos subgéneros autóctonos del cine español. La coyuntura sociopolítica de la que surge el fenómeno quinqui es responsable del apogeo de este tipo de películas que mezclaban acción, denuncia social, amor, erotismo y tragedia. El cine quinqui pertenece a los años de la transición, por tanto, es irrecuperable por su naturaleza limítrofe y como tal debería ser valorado y respetado como parte de nuestro patrimonio fílmico.

La mayoría de las películas quinquis se encontraron en un contexto marginal también en cuanto a producción, salvo aquellas apoyadas por Querejeta o refrendadas por el público como Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981), las de Eloy de la Iglesia o las de José Antonio de la Loma. Estas se adentran en el terreno del “autor”, pese a que De la Iglesia rechazaba tal catalogación y a nadie se le ocurriría denominar como tal a De la Loma así.

Yo estoy en contra del concepto de autor, solo sirve para perpetuar una idea de eso que llaman ‘arte’, que es una concepción ideológica que desprecio: creo que en ese concepto está toda la opresión de las clases dominantes, diciendo, hablando y contando a las clases dominadas lo que se quiere contar y lo que se quiere que esas clases piensen y asimilen. (…) Creo que en una sociedad más libre habrá menos ‘autores’ porque el ‘autor’, el ‘artista’, no es otra cosa sino un agente opresor[1]

La crítica denostó al más importante de los cineastas del género quinqui, declaraciones como estas lo distanciaban aún más de la norma. Su cine surge del estómago, es radical, polémico y autónomo.

Por otro lado, De la Loma es considerado el primer director del cine quinqui, un cine con unos rasgos que se establecieron con la trilogía de Perros Callejeros (1977) y que, como es obvio, ya estaban en su primera parte: actores no profesionales, acción, sexo, atracos, tirones, cuentas pendientes, sexo, machismo, familias desestructuradas. Una ficción documentalista que trata de poner en relieve aquello que la transición política desenfocaba de su nuevo marco normativo. Y como metáfora de esta marginalidad encontramos el hogar de nuestros protagonistas, en la periferia de las ciudades, lo que aumenta el grado de marginalidad, no solo geográfica, también ética y fílmica.

La ampliación de lo decible proporcionó a los cineastas de la transición un marco progresista donde cabían propuestas originales, variedad de géneros, modelos textuales, multiplicidad de perspectivas ideológicas y que permitía la creación de películas excepcionales debido a que escapaban de los límites institucionalizados.[2] Os dejo con dos propuestas muy poco conocidas que se generaron en este ambiente.

Chocolate (Gil Carretero, 1980)



Sinopsis:
 “El Muertes” y “El Jato” se bajan al moro a pillar chocolate pero se encuentran con problemas cuando son asaltados por gente del lugar. Magda la novia de “El Jato” les espera en Algeciras donde para volver deciden robar un coche.

¿Por qué verla?: Cine quinqui + Réquiem por un sueño. Tres amigos que acaban pasando por turbias experiencias y con uno de los clímax más potentes del cine quinqui a nivel visual. Las secuencias en Marruecos nos bajan al moro cargadas de realismo y suspense, aunque no alcance la belleza que adquiere en Colegas (Eloy de la Iglesia, 1982). La heroína aparece por primera vez en el cine quinqui como un elemento esencial en la trama, aunque predomina la presencia del hachís, el verdadero desencadenante de los conflictos del trío protagonista están relacionados con el caballo. Primeros ejemplos documentales de la incursión de esta droga en la España democrática.

 

Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980)


Sinopsis: Maravillas, una adolescente de quince años, vive con su padre, un viejo fotógrafo desempleado que le roba dinero a su hija para sus pequeños vicios eróticos. Pero Maravillas cuenta con la protección de sus padrinos, unos judíos de origen sefardita. Cuando desaparece una esmeralda, el principal sospechoso es el padre de la chica.

¿Por qué verla?: Todo lo que lleve el sello de Manuel Gutiérrez Aragón ya debería ser una motivación para verla, pero además en esta ocasión estamos ante una de sus obras más estimulantes. Una mezcla de cine quinqui (realismo) y cine metafórico (magia) que nos introduce en el universo de Maravillas, una niña enredada en un mundo de adultos inmaduros, viciados e ilusos que parecen insuflados por aires cervantinos. Fernando Fernán Gómez, Cristina Marcos, Enrique San Francisco y José Luis Fernández Eguia “El Pirri” dan la cara en una fábula sobre la soledad. “Se vive como se sueña… solos”.

[1] V.V.A.A.: La nueva memoria: Historia(s) del cine español, Vía Láctea, A Coruña, 2005, p. 200.

[2] Ídem, p. 180.