Drogas y cine: ‘Yo, Cristina F.’, de Uli Edel

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Si uno preguntara por la calle en la década de los 70 a qué perfil de persona se ajustaría la palabra yonqui, la respuesta sería de una persona mayor y que vivía, en cierta manera, al margen de la sociedad. Con lo que no contaban aquellos que contestasen así, era con la normalización del uso de distintas drogas alucinógenas entre los más jóvenes, algo muy extendido en el Oeste de Europa. Un problema mucho más arraigado y grave de lo que cualquiera imaginaba.

En Berlín, en el juicio contra alguien que pagó por los favores sexuales de una menor a cambio de drogas, los periodistas Kai Hermann y Horst Hieck quedaron impresionados con el testimonio de una joven sobre su vida y su adicción a la heroína, y concertaron una entrevista con ella. Esta se alargó y dio lugar a una serie de artículos que culminaron en la publicación de un libro que se volvió de culto casi al momento. Christiane Vera Felscherinow contaba como a la tierna edad de 13 años empezó su contacto con las drogas. La popularidad del libro llevó a la adaptación cinematográfica, estrenada en 1981 y ambientada en el período comprendido entre 1975 y 1977.

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La película de Uli Edel es el retrato crudo de toda una generación. Una película que conmocionó al público por la dureza de sus imágenes, y que se convirtió en el panfleto perfecto en contra del uso de las drogas. Christiane es una joven que se traslada a Berlín junto con su madre y su hermana, tras el divorcio de esta. Comienza a frecuentar con asiduidad la discoteca ‘Sound’, donde comienza a coquetear con el Valium y otras drogas menores. En dicho club conoce a Detlef, un adolescente algo mayor que ella y adicto a la heroína cuyo interés romántico llevó a Christiane a seguir sus pasos.

El filme cuenta con todo lujo de detalles la adicción de Christiane: cómo comienza, como se desarrolla y las consecuencias de esta en su vida cotidiana. Lo que sorprendió al público fue que no se trataba de un caso aislado. Y no sólo eso, el retrato de Christiane como una chica que proviene de una familia normal, al contrario de lo que se podría pensar de un adicto a las drogas, hizo saltar las alarmas de todo el mundo. En este caso, el principal motivo por el que la protagonista caiga parece ser el amor. Quiere sentir y ponerse al nivel de su admirado Detlef, un chico que recurre incluso a la prostitución para hacerse con dinero y poder mantener su adicción.

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Delante de la chica se encuentra en todo momento y con claridad en que podía convertirse si decidía comenzar con la heroína. De hecho, desde el principio ella es consciente de “la H” es algo que debía evitar, y entra en este círculo vicioso aún con la mente alejada del último acto que confirmaría su condición de adicta, que no es otro que la inyección de la droga en sangre (al principio el hecho de esnifarla todavía la coloca en una posición en la que se cree a salvo). Incluso llama la atención cómo todos los que la rodean y que ya están metidos de lleno la recomiendan no empezar. Saben que, en el momento en el que tome ese paso, ya no hay vuelta atrás.

La recreación de algunas de las escenas de la vida cotidiana de estos jóvenes, sin andarse por las ramas, es impactante. La potencia de estas (como ese encierro para desintoxicarse que lleva a cabo la pareja protagonista) es desagradable y se antoja irremediablemente realista. Como digo, un retrato fiel de un problema que azotaba a toda una generación, con el objetivo de concienciar.

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Una consecuencia directa de la adicción a las drogas, por lo menos en estos jóvenes adolescentes, era la búsqueda de dinero fácil, recurriendo en la mayoría de los casos a la prostitución. La vida de Christiane se convierte en un ciclo constante en el que buscando dinero desesperadamente para meterse el próximo pico, recurre a favores sexuales, para a continuación, tras ver satisfecha dicha urgencia, odiarse a sí misma con todas sus fuerzas, convenciéndose junto con Detlef de que algún día serían libres de todo aquello. La historia del novio de la protagonista es especialmente triste, reflejo también de una sociedad enferma donde todo se puede conseguir con dinero, si sabes buscar a la persona lo suficientemente desesperada como para aceptarlo.

Precisamente el final de la película da a entender que Christiane logra alejarse de lo que cuenta esta película. Sin embargo, la protagonista real nunca llegó a desengancharse del todo. Toda su vida ha resultado ser una lucha constante contra su adicción, que le ha llevado a perder la custodia de su hijo e innumerables detenciones. A día de hoy, la diagnosticaron Hepatitis C, y dice luchar diariamente por su vida. A los 51 años publicó un segundo libro que, según ella, espera que sirva para alejar a los jóvenes de las drogas incluso en mayor medida que su primera obra.

Muerte y miseria alrededor de una estación de metro, que servía de punto de reunión de estos adolescentes y que da título a la obra que adapta esta película. ‘Yo, Cristina F. es una película con un mensaje desesperanzador, a pesar de su última escena, y que pretende llamar la atención del espectador simplemente con la fuerza de sus imágenes. Sin tapujos. Esta son las consecuencias de meterte en esto. Allá tú con lo que decidas.

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PD: David Bowie presta sus canciones a la obra, amén de una aparición estelar que tuvo que rodarse en Nueva York ante la imposibilidad de trasladarse a Alemania. La inclusión de Bowie es totalmente apropiada, al confesar Christiane que fue durante un concierto suyo donde usó heroína por ver primera. Lo cierto es que algunas de las canciones que salen son posteriores a la época en la que se sitúa la película. Pero bueno, este tipo de incongruencias, tratándose de un artista de su talla, son totalmente perdonables. Aquí abajo os dejo el fragmento de la película en el que podemos verle.