Drogas y cine: ‘El pico’ – Mustango

Drogas y cine El pico

Ella es LA femme fatale. Perpetua amante, a ninguna otra le han compuesto tantas canciones. Una presencia, la suya, sólo aludida bajo cobardes seudónimos que, haciendo honor a su sirena, intentan ocultar la cruda realidad de un amor jamás correspondido. Su caprichosa tilde es una aguja nada ajena a potros, caballos, jacos y burros. La puta HEROÍNA.

– La amante (casi) perfecta

Galopar a lomos de este difamado corcel, a pesar de los pesares, no es un ejercicio demasiado peligroso. El problema llega cuando el rocín se agota y su jinete quiere cabalgar más allá. Esta tóxica relación revela entonces su cara oculta, la de las sobredosis –el problema fundamental de los matrimonios más potentados–, las abstinencias o la delincuencia –más propias de los protagonistas del cine “quinqui” de Eloy de la Iglesia–. Siguiendo con esta eterna metáfora artística, los jockeys más aventurados, inconscientes o desesperados pueden olvidarse de la montura; les acabará llegando el dolor, pero no el de las ingles o el de los glúteos, sino uno más profundo y escurridizo, el de las endocarditis, el del VIH o el de las hepatitis.

El chocolate, las anfetas y los tripis se hicieron a un lado y dieron paso, en los años ’80, a la heroína. Las urgencias se llenaron de potros salvajes durante toda la década que tardó en aceptarse la metadona, su prima hermana más inocente –otro opiáceo, como la morfina que consume la madre de Paco en “El pico” y que éste toma como sustitutivo–, como tratamiento crónico de la adicción a la heroína, una solución que sorprendentemente ya planteaba con bastante rotundidad –y sentido crítico– “El pico 2” en 1984.

– Retrato o prospecto del burro

En el primer tercio de “El pico 2”, en la que constituye una de las pocas licencias cómicas de esta dupla fílmica, la abuela de Paco confunde su condición de heroinómano con la de diabético; la culpa la tiene una jeringuilla de insulina “como las de la tía Elvira” que se encuentra entre los restos de basura. El retrato de Eloy de la Iglesia es el acertado, dado que es intravenoso mediante jeringuilla de insulina su forma más habitual de consumo. Menos frecuente es esnifarla –es por esta vía por la que comienzan a probarla los protagonistas de “El pico”– o quemarla sobre papel de aluminio para tratar de cazar su humeante dragón –método que emplean en una de las escenas finales de la segunda parte.

Resulta práctico dividir las drogas recreativas en dos grupos atendiendo a sus efectos sobre el organismo; de un lado, las supresoras –el alcohol, los opiáceos (la heroína entre ellos), los hipnóticos o los ansiolíticos– y del otro, las estimulantes –la cocaína, las anfetaminas o los alucinógenos–. El consumo agudo de heroína debe de tener, por tanto, unas consecuencias relativamente similares a esas otras tan conocidas del alcohol: somnolencia, disartria (mala articulación de las palabras) o disminución de atención y memoria. Toda una sintomatología con la que a lo largo y ancho de esta obra el espectador se va familiarizando y que alcanza quizá sus mayores cotas en la entrevista que concede Paco (José Luis Manzano) a la televisión tras salvar la vida de su padre.

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Una particularidad de la heroína que permite diferenciar su no siempre clara identidad es la miosis (contracción de las pupilas), a la que El Pirri –genialmente caracterizado en un José Luis Fernández Eguia al que, a la temprana edad de 23 años, sólo siete años más joven que a su colega José Luis Manzano, una sobredosis de heroína apartó para siempre de los escenarios– alude tras ver a Paco incapaz de satisfacer más deseos que los suyos propios: “te lo has metido tú todo, tienes los ojos como puntas de alfiler”. Una cantidad más que considerable hubo de inyectarse para acabar sufriendo tal acusación y es que son esas pupilas puntiformes uno de los síntomas más característicos de la tan temida sobredosis, ese apocalipsis al que acompañan un par de caballeros menos piadosos, la depresión respiratoria y el edema de pulmón. La primera es aparentemente la que se lleva por delante a Urko (Javier García) en el tramo final de “El pico”; es criticable la rapidez con la que sufre los efectos de ese tirito fatal –éstos alcanzan su máximo cuando han pasado unos siete minutos de la administración–, sin embargo, acierta de lleno en escoger a su víctima, un jinete más o menos deshabituado que cabalga recordando con demasiada nostalgia el pasado.

– Celosa compañera

A diferencia de ese otro grupo de drogas, desintoxicarse de la heroína y de sus allegadas no es tarea fácil una vez compartido su lecho el tiempo suficiente –en torno a un mes en el caso que nos atañe–; la ruptura no es recibida con insultos, jarrones voladores o melodramáticos llantos, no, ella es más sutil. A ella no le basta con recordarte sus voluptuosas curvas o su infinita compresión, ella prefiere recordarte lo que encontrarás sin su compañía, un compendio de síntomas que uno esperaría al intoxicarse con sus más violentas enemigas (las estimulantes): sudoración, ansiedad, escalofríos, temblor, taquicardia, dolores musculares, insomnio, midriasis (dilatación pupilar)… Un recuerdo, el del mono, que alcanza sus máximas cotas a los 2-3 días de esa eterna ruptura, el tiempo que precisamente Eloy de la Iglesia escoge para retratar la desesperación de sus abstinentes protagonistas poco antes de perpetrar su fatal crimen en “El pico”.

La celosa condición de la heroína es continua en ambas partes de la obra del guipuzcoano; alcanza, eso sí, una mayor profundidad en los primeros coletazos de la segunda, donde se plantea también su tratamiento más efectivo, volver con la amada. De hecho, salvo en muy afortunados casos de consumo de reciente inicio en jóvenes sanos, la metadona está presente en la desintoxicación (la superación del síndrome de abstinencia) a opiáceos, en estrecha colaboración con otro grupo de supresores, las benzodiacepinas, y la clonidina.

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“El pico” retrata, asimismo, uno de los grandes quebraderos de cabeza médicos respecto a la heroína, el de su consumo por embarazadas. El Cojo (Ovidi Montllor) responde con violencia ante “el pico” que su mujer, en pleno mono, le pide, por miedo a las devastadoras consecuencias que esta acción pudiera tener en su vástago. Paradójicamente, y a pesar de sus efectos depresores, el peligro que entraña el síndrome de abstinencia contraindica la desintoxicación de opiáceos durante el embarazo, donde se recomienda, en cambio, una vez más, la metadona. El niño nace, como era de esperar, dependiente de la heroína; sus síntomas de abstinencia –mucho más inespecíficos– se responden equivocadamente –por parte de su madre, no por la del guión– con heroína, cuando debiera hacerse con barbitúricos.

Otra historia muy distinta es la de la deshabituación, el entierro de un perenne sello de invisibles marcas –el del deseo– que permanecerá para siempre al lado del drogadicto. Ya hemos mencionado con anterioridad que, a día de hoy, más allá de un abordaje psicosocial, la deshabituación suele ayudarse de terapia de mantenimiento con metadona, lo que ensalza a “El pico”, capaz de adelantarse en años al mundo científico –al español al menos – como una obra ejemplar y única en su género.

– El compromiso

Inmerso en un escenario políticamente convulso que su autor escoge a conciencia –el País Vasco de los ‘80–, el diálogo o la amistad que se ven obligados a entretejer dos fuerzas tan opuestas como son las de Evaristo Torrecuadrada (José Luis Cervino), comandante de la Guardia Civil, y Martín Aramendía (Luis Iriondo), diputado abertzale, representa el necesario sacrificio de unos padres, de una sociedad, por sus hijos más indefensos. El tricornio empolvado sugiere la responsabilidad colectiva del problema; la renuncia al mismo, su posible solución: olvidar los prejuicios que impiden señalar la verdadera condición de sus afectados, la de enfermos.

  • http://meitnerio.blogspot.com meitnerio

    Tiene toda la pinta de ser un par de películas de lo más intenso. Un acercamiento interesante en el cine patrio. Otra propuesta similar podría ser “Heroínas”, que muestra los primeros movimientos de ayuda al drogodependiente.