Cine adolescente: “Evil” – Del bullying y sus formas

Seguramente sea difícil encontrar en la historia reciente estímulo tan grande como la Segunda Guerra Mundial para invitarnos a reflexionar sobre la maldad que alberga el ser humano. La inquietante pregunta que deja en el aire el juez Dan Haywood (Spencer Tracy) en “Vencedores o vencidos” (Stanley Kramer, 1961), cómo toda una nación pudo aceptar y colaborar con las barbaridades que se estaban perpetrando en su nombre, fue la que aquel mismo año motivó al psicólogo Stanley Milgram a iniciar sus más famosos experimentos. Las terribles conclusiones de los mismos, el alto grado de irresponsabilidad bajo el que se desdibujan las voluntades ante la existencia de una autoridad superior, fueron notablemente retratadas en la ficción por Craig Zobel en su “Compliance” (2012), inspirada –por supuesto– en hechos reales. Pero pocos retratos de la maldad humana han sido tan explícitos y poéticos como la performance de Marina Abramovic “Rhythm 0” (1974), en la que se comprometió a estar estática durante seis horas, expuesta a la voluntad de un público que podía hacer el uso que quisiera de su cuerpo y de hasta setenta y dos variados objetos que iban desde perfumes y flores a cuchillos o una pistola cargada.

Las causas que nos arrastran a la violencia han sido ampliamente estudiadas, resultando paradójicamente la propia violencia, como es bien sabido, el mayor germen de sí misma. Ese imposible que resulta racionalizar la maldad, sin embargo, parece estar más cerca del terreno filosófico que del científico. Experiencias tan universales como las arriba descritas nos descubren como seres intrínsecamente violentos y malvados. Pero, sobre todo, como animales cobardes, temerosos de luchar por lo que sabemos que es bueno. Y así nos va.

El bullying, temática central de la obra que nos atañe, no es sino una fiel metáfora de dicha condición. Aunque la cámara de “Evil” (Mikael Håfström, 2003) dibuje a Otto Silverhielm (Gustaf Skarsgård), ese bully con reminiscencias del Alex DeLarge de Malcolm McDowell (“La naranja mecánica”, Stanley Kubrick, 1971), y por extensión al padre del protagonista (Johan Rabaeus) como encarnación misma del mal a extinguir, indiscutiblemente representaría ésta una superficial crítica de la realidad representada. Caer en esta simplificación maniquea –Håfström no siempre pone las cosas fáciles al espectador– es hacer oídos sordos a la responsabilidad social que nos atañe.

El refugio que otorga la impunidad de lo socialmente aceptado es la excusa perfecta para reafirmarnos en unos principios que nuestra moral repele. La pasividad, amparada en excusas miles, nos condena. Profesores, padres, alumnos… Falta quien denuncie. ¡Valentía! Pero cuán pérfidos somos. Cuando la denuncia se torne en moda, nuestra violenta naturaleza logrará servirse también de ella para el acoso. ¡Consecuencia!

  • loula2

    La violencia la llevamos dentro, todos. Hasta la persona más tranquila y amable puede terminar explotando por motivos variopintos, desde una decepción, rencor, envidia, al sentirse despreciada o acosada.
    Y cuando estamos en un grupo, y nos hacen sentir arropados dentro de la manada, somos capaces de lo mejor y lo peor.
    Lo de Marina Abramovic fue una barbaridad, pero dejó claro la clase de bichos que somos. Lo curioso es que también somos capaces de heroicidades, y eso nos salva.